Castillo hinchable gigante instalado en cualquier punto de un centro comercial, en cualquier ciudad, una Navidad cualquiera. Gente. Entre esa gente, una madre y su hijo. También otras madres y padres, otros hijos que corren, se mueven, que no se detienen. Acaban de abrir sus puertas para que las personas del turno anterior puedan salir y, también, para que entren las que están haciendo cola desde hace media hora. La madre y el hijo se agarran de la mano. En algún momento, mamá piensa que aunque se notan no se están tocando, que sólo es electricidad.
Un hueso con sombrero rosa y camiseta rosa les da la bienvenida.
Abren sus puertas. Entran. Son las 18:01 horas. Todo acaba de empezar.
Un zambullimiento poético y dramático en un instante familiar de pérdida y pánico. Un espectáculo que se adivina como un acontecimiento artístico insólito y desgarrador.